Cuba y los silencios cómplices

  • por Roberto Mansilla Blanco
  • 17/11/2021
Propietario de la imagen: pixabay

El cínico "doble rasero" que ampara a la izquierda

Indigna el silencio de una buena parte de la izquierda por lo que está sucediendo en Cuba ante la renovación de las protestas por el cambio, la libertad y la democracia reaparecidas este 15N. Una mezcla de cinismo y oportuno silencio acoge a esa izquierda complaciente en no "incomodar" apoyos políticos e ideológicos de una "revolución" que ya hace muchos años se marchitó, traicionando incluso aquellos ideales que en su momento levantaron las simpatías de muchos ciudadanos, dentro y fuera de Cuba.

El régimen cubano, castrista y post-castrista ahora con el títere Miguel Díaz-Canel al frente, actúa sin contemplaciones mostrándose como lo que realmente es: una dictadura desconectada de la realidad que vive y pide su pueblo. No hay nada de revolucionario en este sistema estático, inerte, que mantiene su poder mediante la preponderancia del status quo, incapaz de escuchar y procesar demandas, afinado por métodos de coacción, represión y un abuso de consignas obsoletas.

El régimen cubano es una dictadura desconectada de la realidad que vive y pide su pueblo

¿Por qué si el régimen castrista es tan "democrático", tal y como pregona buena parte de la izquierda mundial, en vez de reprimir, acosar y censurar, no se sienta a dialogar con los que protestan y demandan cambios? ¿No se jactan de tener una "democracia popular"? ¿Cuáles son sus canales democráticos para canalizar esas demandas? ¿Las CDR? ¿Los Comités y Asambleas Populares? Todos sabemos que esos órganos son cooptados por el régimen policíaco para reprimir y detener sin tapujos. ¿Qué tipo de "democracia popular" puede existir en un país donde sólo gobierna el Partido Comunista de Cuba, ejemplo vivo del "Partido-Estado" estalinista propio de los totalitarismos del siglo XX, que aún hoy siguen vigentes en Corea del Norte y, con matices en lo económico, en China? 

Pero el castrismo también se equivoca en el enfoque por su estructural miopía para digerir los cambios. Esta explosión social de protestas en Cuba, liderada por una nueva generación, ha sido también posible gracias a la era del Internet, a la conexión global que lleva a todos los rincones del mundo un claro mensaje en apenas segundos. Todo ello a pesar de la censura y de la habilidad y capacidad del régimen para manipular y sortear esos mensajes de protesta, vía "guerra sucia" cibernética.

Pero la responsabilidad de lo que sucede también toca a esos silencios cómplices desde el exterior, que se escudan en no inmiscuirse en demasía aduciendo la "complejidad de la realidad cubana", la "feroz propaganda de los medios" y la excepcionalidad de lo "políticamente correcto", que sólo existe cuando conviene a sus intereses. Y en ello la izquierda, principalmente europea y específicamente la española, tiene mucho que ver.

Esa misma izquierda que en 2019 amparó todo tipo de revueltas en América Latina, desde Colombia hasta Chile, sin duda legítimas pero también cabe decir que injustificadamente violentas muchas de ellas. La izquierda las justificó sin tapujos con un ahínco y tesón que hoy precisamente le niega a los cubanos, manifestado en ese silencio cómplice o, en todo caso, repitiendo las mismas consignas obsoletas del régimen castrista. Entonces, en estos casos, ¿donde queda lo "políticamente correcto"?

La diferencia de esas protestas en Chile, Colombia, Ecuador, etc con respecto a lo que hoy sucede en Cuba es que en esos países existen gobiernos (Sebastián Piñera, Iván Duque, Lenín Moreno) de signo político e ideológico diferente pero no por ello menos legítimos, ya que fueron elegidos democráticamente. Y lo mismo sucede en la Bolivia de hoy, de nuevo con el MAS ahora "post-Evo" en el poder, pero que también observa la renovación de protestas sociales que denotan malestar y desencanto. Y aquí, de nuevo, la izquierda hace mutis por el foro.

Ese silencio cómplice sobre lo que sucede en Cuba también lo ha venido realizando en Venezuela. El "caso Pinochet" en 1998 movilizó a toda la izquierda contra un dictador y sus crímenes de lesa humanidad. ¿Ha hecho lo mismo la izquierda con Maduro y su reciente investigación en la Corte Penal Internacional por los mismos crímenes? Ninguna. Y, con algún matiz, esa misma izquierda avala la farsa electoral del "neosomocismo" mimetizado en sandinismo intaurado por la sátrapa dinastía Ortega-Murillo en Nicaragua.

Ese silencio cómplice sobre lo que sucede en Cuba también lo ha venido realizando en Venezuela.

Pero también lo hace aquí en Europa con una crisis migratoria en la frontera polaca-bielorrusa que se diluye en los maquiavélicos intereses geopolíticos. ¿Alguien "quiebra una lanza" por esos 4.000 kurdos, iraquíes, sirios, afganos, yemeníes, africanos, que huyen de conflictos armados y se encuentran hacinados en una especie de limbo y con el ya inclemente invierno a las puertas en la frontera polaca-bielorrusa? Tanto como la izquierda critica a la UE, a la OTAN, a Polonia, ¿por qué no hace lo mismo con Lukashenko y su aliado Putin? ¿Qué los frena?

Pero volvamos a Cuba. Las protestas del 15N, motorizadas por el movimiento disidente Archipiélago y el Movimiento San Isidro, han sido extendidas hasta finales de noviembre. Algo debe estar pasando en la cúpula de poder del régimen. Es posible que exista malestar con la gestión de Díaz-Canel, que esa transición "post-Castro" no está resultando como el régimen esperaba, aunque esto no necesariamente signifique una quiebra del sistema ni el cambio democrático que se anhela para Cuba.

A todo esto, el líder de Archipiélago, Yunior García, acaba de llegar a España de manera sorprendente, lo que denota algo que se viene observando desde hace tiempo: España, sin capacidad para influir ya prácticamente en ningún sitio, ni siquiera en América Latina, se convierte en el depositario, el refugio de las disidencias cubana y venezolana.

Porque nadie se cree que Leopoldo López, Yunior García o Antonio Ledezma escaparon en audaces y osadas acciones de liberación. Manejos, negociaciones y complicidad tuvieron que existir entre La Habana, Caracas y Madrid, quizás con la anuencia de otros centros de poder (¿Rusia, China?) y otros actores (¿ZP?) No es una crítica por sus respectivas salidas, ya que sufrieron todo el acoso y la represión de regímenes dictatoriales signados por el "castro-chavismo". Pero precisamente la salida del país de estos líderes opositores es claramente conveniente para Díaz-Canel y Maduro. Y en eso, España les extiende la alfombra.

Y eso también, en vez de un logro para la diplomacia española, es un síntoma de su inoperancia e ineficacia. Pedro Sánchez, Josep Borrell, parecen más atados y manipulados por lo que les ordena el "castro-chavismo". De la misma forma que España se está acostumbrando al insulto fácil y oportunista desde el otro lado del Atlántico por parte de autócratas de nuevo cuño (Ortega, Maduro, Díaz-Canel) y otros que han sido elegidos democráticamente (López Obrador) pero que manejan estas claves en claro sentido de oportunismo político.

A la izquierda le resulta cómodo su cínico silencio

Volviendo al principio: a la izquierda le resulta cómodo su cínico silencio. Evita pronunciarse en temas tabú como Cuba y Venezuela, y si lo hace es sólo para defender lo que es ya cada vez más indefendible. Maneja con destreza el arte de la sutil posición amparada en lo "políticamente correcto", en evitar "inherencias incómodas", en señalar al "culpable" bajo criterios simplistas (embargo, sanciones, CIA, etc).

Pero, por acción o por omisión, ese silencio cómplice les convierte también en culpables de esos dramas que, como suele suceder, los pagan los pueblos que ansían nuevos vientos, más frescos y libres.